
Si quieres demostrar tu amistad y tu apoyo, puedes hacer una cosa: dejarme en paz. No hables del tema directamente. Ya sé que piensas que elogiar a mi mujer o compartir un recuerdo entrañable podría calmar mi dolor, pero tienes que creerme cuando te digo que no lo hará. Si no puedes apartar la mirada, un simple saludo es lo único que puedo soportar en estos momentos. Si consideras que debes aludir forzosamente a mi tragedia, puedes asentir repetidamente con la cabeza mientras pones el gesto sombrío, los labios apretados y las cejas enarcadas, y yo lo dejaré pasar. Pero más allá de eso, limítate a los mínimos. Pregúntame la hora, y yo miraré el reloj. Invítame al cine, y diré que no; pero tú me habrás hecho una propuesta y habremos mantenido un sencillo intercambio que no me habrá hecho desear arrancarte la piel a tiras. Y quizá, con un número suficiente de esos sencillos intercambios, nada más que un contacto humano básico que no me exija nada, puede que empiece a ser capaz de mantener la mirada otra vez, de empezar a relacionarme con el mundo a mi propio ritmo. Y después, ¿quién sabe? Puede que un día me encuentres justo en el momento oportuno y acepte ir a ver una película contigo, porque eso me sacará de casa y sabré que, durante dos horas, no tendré que mantener una conversación. Después, cuando se acabe, podremos hablar sobre la película. No habrás conseguido mejorar nada ni me habrás ayudado a afrontar mi pérdida, pero cuanto antes renuncies a ese sueño, mejor para los dos. El proceso de curación es algo profundamente íntimo y, sinceramente, no eres bienvenido a formar parte de él. Pero me habrás concedido un breve permiso para salir de la oscura y lamentable prisión de mi mente, y ese regalo, precioso de por sí, es lo mejor que puedes esperar ofrecerme.
Y supongo que no hace falta que te diga que, si me llevas a ver una comedia romántica, te mataré de un tiro antes de apuntar el arma contra mí mismo.
Mamá desaparece después de la cena, y la encuentro en la playa, sin zapatos, de pie en el rompeolas, con la mirada perdida en la oscuridad del océano; con el vestido negro revoloteando y ciñéndosele al cuerpo, el pelo liberado de las horquillas y flotando al viento. No digo que mi madre escoja estas poses únicamente por puro efecto dramático, pero fuera de las películas nadie se pone así, mirando al océano y sumido en profundos pensamientos hasta que alguien se acerca para mantener una conversación trascendental. En la vida real, nos dedicamos a esos pensamientos profundos en momentos robados, mientras comemos o conducimos o cagamos o hacemos cola. Pero como eso no es fácil de expresar en una película, algún director anónimo inventó la técnica del lanzamiento de mirada al océano para transmitir ese momento de profunda reflexión.
Mi vida sin Hailey, Jonathan Tropper.
Y sé que en algún momento del futuro habrá otra persona. Y será inteligente, hermosa, y tendrá sus propias heridas, y nos entenderemos y nos enamoraremos, y yo me sentiré culpable por ser feliz, así que llevaré a cabo pequeñas acciones para sabotear nuestra relación cuando las cosas empiecen a ir demasiado bien. Y ella será paciente conmigo, y después, cuando haya llegado al límite de lo soportable, nos desahogaremos peleándonos a gritos, y después, supongo, llegará un ultimátum lacrimógeno, y después pasaremos página. Yo me seguiré sintiendo culpable, pero lo iré superando por etapas, y, con cada una de esas etapas, Hailey se irá apagando paulatinamente en el pasado remoto, hasta que no sea nada más que una nota al pie de página en la historia de mi vida. Y algún día, una versión más vieja de mí explicará a sus hijos que había estado casado antes incluso de conocer a su madre, pero que su mujer había muerto, y para ellos Hailey no será una persona, sólo una interferencia biográfica fugaz e intangible, un episodio triste que le sucedió a su padre cuando iba camino del “y fueron felices y comieron perdices”. Y lo peor de todo: puede que yo también lo vea así.
Y no necesito que me digan que esto es lo que ocurrirá, que es inevitable. No me estoy engañando. Pero sólo porque algo sea cierto no significa que esté preparado para enfrentarme a ello hoy. A veces, la única verdad que la gente puede soportar es la verdad en la que se despierta esa mañana. Y esta mañana, como todas las mañanas, yo me he despertado con mi dolor. Así que háganme un favor y no me jodan más.
Mi vida sin Hailey, Jonathan Tropper.
I saw you. You looked at me. I spoke to you. You knew me. I smiled at you. You intimidated me. Then we kissed.
If you can imagine it, then you can make it.